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Han pasado dos años pero Miriam (nombre ficticio) lo recuerda como si fuera ayer. "Desde hace cinco meses recibía llamadas de atención constantes de un vecino quejándose de que mi perro no dejaba de ladrar", relata. A pesar de que ahora sabe que las molestias estaban totalmente infundadas, tomó todas las medidas para que se solventaran. Aun así, no dejó de recibir notas anónimas con amenazas e incluso pintadas realizadas con un pintalabios en la puerta de su vivienda.



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