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El otro día leía por Linkedin (esa red social en la que todos somos los mejores en lo nuestro) a un compañero que publicaba una noticia sobre Wonder Legal, una especie de “Uber” jurídico con el que crear textos jurídicos.

A la vez, o casi al menos, leía a otro colega, una publicación donde se decía que la profesión desaparecería en 15 años.

Me voy a sincerar, ahora que estamos en petit comité, hace meses que siento que no llego, no llego a estar al día de todas las novedades jurídicas. Cada día se publican nuevos artículos, nuevas reflexiones, nuevos estudios, nueva jurisprudencia y nuevas leyes. Intento leerlo todo, pero es imposible, no llego, y es, en ese momento cuando la ansiedad profesional hace su aparición. ¿cómo voy a dar ese servicio excelente que pretendo si no estoy a la última? Porque, además, los que publican esos sesudos estudios, son otros compañeros que, llegado el momento, tendría en frente en una vista.

 

Me da, con todo esto, una sensación de un “sálvense quien pueda” profesional caótico en el que los profesionales (en general) hemos caído. Una carrera de pollos sin cabeza donde nos apresuramos por tener mejor imagen que el de al lado porque nos ha pillado por sorpresa la liberalización de la profesión, y eso que ésta, lleva liberada hace tiempo.

El abogado multitarea

El auge de las redes sociales y la necesidad de posicionarse bien en Google, de ser conocido por delante de otros, nos lleva a un desafío profesional en el que, el abogado individual, como éste que escribe, ha de ser community manager, CEO, comercial, bloger, estudioso y, aparte, abogado. El día no da para tanto y las minutas, tampoco.

Y ahora no solo hemos de luchar contra esta realidad social, sino que, además, nos vemos avocados a combatir contra estas aplicaciones que, cada vez más, nos quitarán áreas de intervención. Parece que lo que decía ese compañero (y amigo) en una visión apocalíptica pero esperanzadora del futuro profesional, vaya a ser verdad: en 15 años, se acabó.

Así que tenemos un panorama en el que los letrados como yo, han de buscar la especialidad pero sin dejar de saber de todo (somos, la mayoría, abogados generalistas por necesidad) donde, justamente ese saber se torna imposible de mantener actualizado más de 48 horas, donde la competencia es cada vez más feroz y a veces desleal, liberalizada pero colegiada, donde estos colegios parecen no hacer mucho (o nada) por dignificar la profesión frente al trato y pago indigno del Turno de Oficio (sí, lo escribo en mayúsculas) y donde la transformación digital parece que nos arrastra, como un rápido de un rio, hacía una cascada de proporciones desconocidas pero, a todas luces por el ruido que hace, gigantescas.

Cuando esta sensación de descontrol, de pérdida de dirección profesional se asoma para perturbar la quietud y la calma de espíritu, siempre suelo acudir a dos referencias básicas en mi vida profesional: mis padres y la  Sentencia de la Sala 1.ª del Tribunal Supremo de 22 de enero de 1930, sentencia que me descubrió una gran magistrada de la Audiencia Provincial de Valencia , Doña Purificación Martorell.

He dado por perdida la batalla de ser el abogado que más sepa de una materia, creo que es imposible ganar esa carrera, entre otras cosas, porque siempre habrá un compañero (o compañera, que uso el genérico neutro) que sepa más que yo, eso me decía mi madre – a la sazón, primera mujer abogada de Sagunto en Valencia- “no te fíes en los juicios, en frente tienes a un compañero que sabe tanto o más que tú, no bajes la guardia” así que esto me da tranquilidad, no puedo pretender “saber más” que el de en frente, simplemente, intentar hacer las cosas lo mejor que yo sepa, en el asunto concreto.

Mientras mi padre, abogado de raza de gran reflexión jurídica y verbo rápido y sagaz, no usó nunca  máquina de escribir, mi madre se compraba esas máquinas primeras y usaba carboncillo para las copias; luego las máquinas electrónicas con borrado de errores, luego el primer PC – un IBM que sólo llevaba procesador de textos- luego llegaron las bases de datos en disco 5/ 1/4 ,CDS y luego internet….toda esta transformación se vivió de forma natural, utilizando las herramientas que daba la tecnología como ayuda, no como enemigas a batir.  No se pensaba si el de al lado las tenía o no, daba igual, lo importante es que ella las utilizaba para hacer bien su trabajo. Daba igual si en frente tenía a un “abogado de reconocido prestigio” o no (hoy sería influencer) porque, a fin de cuentas, esto no es una oposición, el asunto lo es todo, y da igual que el que está en frente sea catedrático, lo importante es lo que se sepa del asunto, como decían en la película “el patriota” “blanco pequeño, error pequeño” La batalla no es ser mejor que el otro, la batalla es más concreta: saber mejor que el de en frente sobre el asunto y luego, la propia esencia del asunto.

Así que, ya me da igual ver a colegas que en redes, aparentemente, sean eminencias sobre alguna materia concreta, la batalla no es esa. No podemos pretender ser una gota de agua reconocible en el océano, posiblemente, ese compañero tenga esa misma sensación frente a otros…o frente a mí, vete tú a saber.

Mientras haya personas, habrá conflictos y mientras estos existan, hará falta abogados

Además, las redes sociales, han conseguido algo impensable hace unos años, que los abogados nos ayudemos unos a otros en asuntos, igual no en Linkedin que es ese espejo donde nos miramos y esperamos que nos diga que somos los mejores en el reino sino en Facebook, donde diversos grupos creados por abogados sirven para empezar a mostrar un corporativismo inexistente hace bien poco y que va a ser necesario para hacernos fuertes frente a ciertos atropellos.

La existencia de plataformas digitales dirigidas por abogados o no; la robotización de la profesión, la “uberización” de la abogacía es imparable, pero, lejos de apesadumbrarme, pienso en que el abogado va a ser necesario sí o sí, porque en esencia el abogado es, en palabras de esa sentencia del Tribunal Supremo que antes citaba “no puede admitirse que el Abogado sea únicamente la persona que con el título de Licenciado o Doctor en Derecho se dedica a defender en juicio, por escrito o de palabra, los intereses y las causas de los litigantes, sino que es el consejero de las familias, el juzgador de los derechos controvertidos cuando los interesados lo desean, el investigador de las ciencias históricas, jurídicas y filosóficas, cuando éstas fueran necesarias para defender los derechos que se le encomiendan, el apóstol de la ciencia jurídica que dirige la humanidad y hace a ésta desfilar a través de los siglos»”  y esta definición nos deja una verdad cierta, inmutable e inherente a la propia esencia de la abogacía: nuestra profesión se basa en la reflexión y la confianza y tanto una cosa como la otra son cualidades, necesariamente humanas.

El robot podrá aplicar leyes preexistentes, pero no podrá alterarlas porque las considere esencialmente injustas y nunca se podrá desarrollar confianza y empatía con una plataforma digital o un robot. Las plataformas y los robots vienen o vendrán a agilizar procesos y facilitar la tarea y hay que saber utilizarlos. Soy un apasionado del derecho y las nuevas tecnologías y la propiedad intelectual, creo que se abre un mundo nuevo tanto para la regulación jurídica como para los hábitos de la abogacía como, por ejemplo, tal vez la desaparición de los despachos físicos en pro de despachos virtuales, pero mientras haya personas, habrá conflictos y mientras estos existan, hará falta abogados para defender los derechos de los litigantes. Seguirá siendo imprescindible el contacto humano.

La profesión vive una crisis y un profundo cambio, no perdamos la oportunidad de aprovecharla para ser creativos, enriquecer nuestra formación sin perder de referencia qué es lo que somos y a qué nos dedicamos. Esto es, a todas luces una crisistunidad




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