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A Julia, excelente cliente y mejor persona, le llevé su divorcio y posterior procedimiento de división de patrimonio conyugal. 

Durante treces largos años, ella y sus dos hijas menores aguantaron a un marido/padre posesivo, alcohólico y violento. Y lo peor es que durante mucho tiempo, Julia tuvo sentimiento de culpabilidad, tal era la vejación y desprecio con que Txomin, su execrable marido, la descalificaba en público y privado.

Txomin decidía como debía vestirse su esposa, qué ropa debía comprarse, nada de prendas ajustadas, ni minifaldas, ni siquiera ropa interior más o menos sexi, porque "vas como una puta pidiendo guerra" El mayor "pecado" de Julia, era esconder determinada ropa para ponérsela únicamente cuando su marido no la viera.

Los fines de semana Txomin salía, se emborrachaba, y cuando llegaba a casa, solía pegar a Julia y a sus hijas que, a partir de una cierta edad, se interponían para que su padre no pegase a mamá. Luego, al día siguiente, Txomin, que recordaba pese al alcohol, las bofetadas, las patadas, en definitiva, la paliza que había propinado a su esposa, se disculpaba, decía que toda la culpa la tenía el puto alcohol, pero que iba ya a dejar de beber; le decía que no se fuera, que la quería, que "vamos a darnos otra oportunidad", pero también es verdad, que en una ocasión en que Julia tuvo la tentación con coger a sus hijas e irse, él amenazó con que, si se iba, mataría a ella y a las niñas.

Lo curioso es que, frente al resto del mundo, Julia aparentaba ser feliz, "Txomin es un poco bruto, eso sí, bebe, pero solo los fines de semana, como muchos, y si es celoso, es porque me quiere".

Y un buen día, Julia, harta de la violencia física y psicológica, harta de justificar lo injustificable, de dar nuevas pero penosas oportunidades, denunció a su marido, cogió a sus hijas y se fue. Definitivamente, ganaba un pequeño sueldo como dependienta en una perfumería, y se refugió en casa de sus padres que la acogieron.

No acabaron ahí, las penalidades de Julia. El macho violento, la acosó en la calle, en su trabajo, en casa de sus padres donde vivía. La llamaba de forma continua, bien para amenazarla, bien para pedirle perdón y rogarle que volviera.

Le llevé el divorcio, fueron durísimos sus relatos. Señalaré que la inmensa mayoría de los divorcios, aun aquellos que se llevan de mutuo acuerdo, son traumáticos; eso de que hemos quedado como amigos y nos llevamos muy bien, lo cuentan algunos famosos en la prensa del corazón. La realidad suele ser otra. Pero reconoceré que nunca me había enfrentado como abogado a un divorcio tan terrible.

Es difícil abstraerse en un tema así. En mi caso, llegué a vivir el "miedo" del macho despechado. Txomin se presentó en mi despacho sin previo aviso y me dijo más o menos: "Me han dicho que eres un buen abogado, pero que sepas que te considero un hijo de puta y un cabrón, y tengo dudas de que no te estés follando a mi mujer, ten cuidado conmigo porque no tendrás dónde esconderte". Me temblaban las piernas, por un momento pensé que iba a agredirme, pero no fue así; es más, no sé de dónde saqué fuerzas de flaqueza para contestarle muy serio, muy seco: "Estoy defendiendo a tu mujer de un tipo violento como tú, no te acerques más ni a ella, ni a este despacho", y le di con la puerta en las narices con la inestimable ayuda de un compañero. Denuncié el hecho en comisaría, pero durante varios días estuve vigilante, con miedo.

Julia y el hijo de puta de su abogado, que era yo, tuvimos suerte. Un fin de semana, Txomin, conduciendo ebrio, colisionó contra un camión y murió en el acto. Ninguno le lloró, tampoco sus hijas, y es que, muerto el perro, se acabó la rabia.




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